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Un viaje que comienza como tantos otros en un tren y que puede ser el principio de la locura o, quizá, de una nueva e inesperada vida.
Fragmentos:
(1) Todo empezó hace tres meses.
Conozco a Esteban desde hace muchos años. Puedo decir que no creo que haya quien lo conozca mejor que yo. Cuando Esteban está deprimido, yo lo sé. Cuando Esteban está fingiendo estar estupendamente para que yo no sepa que está deprimido, yo lo sé. Cuando Esteban está exultante, para que no se note que está fingiendo estar estupendamente para que yo no sepa que está deprimido, yo lo sé. Hasta cuando Esteban está espléndido para que se me pase por alto que está exultante para que no se note que está fingiendo estar estupendamente para que yo no sepa que está deprimido, yo lo sé.
Por eso, cuando entró en la redacción aquella mañana de Junio, saludando efusivamente, sonriendo a todo el mundo, amigos, enemigos y simpatizantes, convertido su andar en una danza... (1)
(2) Mi vida cambió a raíz de un encuentro con un desconocido. Estas cosas solo ocurren en el tren, y no sé muy bien el motivo. Quiero decir, que si en lugar de encontrarnos en un tren, hubiésemos tropezado en un autobús, coincidido en el metro, conocido en un avión o mareado en un barco, quizá el efecto provocado en mí y en mi vida hubiera sido menor.
Pero fue en un tren, y además en uno de esos chapados a la antigua.
Supongo que ese halo de misterio, de estar enclavados en el pasado, que se respiraba en la estación, o el revisor vestido de negro, con gorro y mostacho, fueron suficiente para condicionarme. El tren me sugestionó. Podría ser el título para un próximo artículo.
O mejor no.
Por si esto fuera poco, hacía escasamente dos días había visto un corto en Versión Española sobre un tren y tres desconocidos, y lo cierto es que cuando entré en mi compartimento (al principio vacío) casi deseaba un encuentro similar. Me apetecía hablar, y conforme pasaban los minutos me iba impacientando un poco más, deseando que entrara cualquiera para empezar a contarle mi vida a la primera de cambio. Así que quizá yo mismo preparé el terreno.
No tuve que esperar demasiado... (2)
(3) Sacó la cartera del bolsillo trasero del pantalón, que le quedaba divinamente, todo sea dicho, cogió una bolsa de papas y me pidió con esa voz suya tan especial que le cobrara.
Le tiqué solo el café, y cuando iba a darle la cuenta, lo vi con la boca abierta, como si no pudiera creer lo que estaba viendo.
– ¿Qué le pasa? ¿Le falta algo?
– ¡Me ha robado! ¡El muy hijo de puta me ha robado!
– No se preocupe si no puede pagarme ahora. No se lo tendré en cuenta. Por toda respuesta sacó un billete y me pagó.
– No me ha quitado el efectivo. Pero se ha llevado las tarjetas de crédito, la de la seguridad social y el D.N.I. –siguió revolviendo la cartera. – El carné de conducir... Mi carné de socio del Valencia, la tarjeta del videoclub...
– ¿Y el dinero en efectivo no?
– No, ya se lo he dicho. Y llevo bastante, porque leí en la página sobre Calma que era mejor pagar en
efectivo.
– Muchas de las tiendas no aceptan tarjetas de crédito. Pues qué raro ¿no?
Y entonces, Gabriel, el hombre más guapo que había visto en mucho tiempo, miró hacia el techo de mi bar, como si hubiese contemplado el rostro de Cristo, y hubiese visto la luz. Y dijo:
– Se ha llevado mi nombre.
– ¿Cómo dice?
– Todo lo que se ha llevado llevaba impreso mi nombre. Ahora ya no tengo... nombre... (3)
(4) Hoy es la primera vez que veo salir al señor Gabriel de la habitación que ha alquilado en mi hostal. Qué tipo más extraño. Me pregunto qué llevaba en esa birria de maleta con la que llegó. Armas. Seguro. Una metralleta, a cachos. Una Uzi. Sí... Una Uzi de diseño redondeado, de acero estampado. Con mecanismo de acerrojamiento y apertura por inercia de masas. O sobres con Ántrax. O quizá un cadáver. Bueno, ahí no cabría entero, pero igual están los menudillos. (4)
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Esta recopilación incluye tres relatos.
EL MÁS PURO TERROR.
(Fragmento) Si no dejaba de pensar en aquel ring lleno de gente se debía al hecho de que en mi mente, lo que había acabado con la vida de mi padre no era ni más ni menos que otra atracción de feria. A papá le apasionaban los retos. Un día vio un anuncio en el periódico. Se trataba de un espectáculo terrorífico, que prometía pesadillas para el resto de tu vida, eso si tu corazón y tu mente aguantaban. Papá me llamó por si me apetecía acompañarle. Me hizo recordar el episodio del ring y me dijo que estaba en las mismas que aquella mañana. ¿Qué tipo de espectáculo podían ofrecer que fuese tan aterrador? ¿Cómo conseguirían asustarlo hasta el punto de perder los nervios, o la chaveta?
Yo le dije que tenía mucho trabajo, y que ya me lo contaría a su regreso. Pareció muy contrariado. Insistió, y yo volví a negarme. Cuando tomé la decisión de acompañarle, cuando me di cuenta de que me estaba pidiendo volver a hacer cosas juntos, como cuando era niño, ya era tarde. Se había ido en el mismo autobús que yo cogí aquella mañana. Por lo que sé, vio el espectáculo sólo...
(Fin del fragmento)
PRESO
(Fragmento) La mujer anota lo que él dice. Se puede oír el rasgueo del lapicero sobre el papel.
- En ese momento, ¿es consciente de que está soñando?
- No siempre. Pero le aseguro que es mejor cuando no me doy cuenta. Así no sufro, simplemente… sueño.
- Entonces lo que le hace sentirse mal es percatarse de que está soñando...
- Y no poder salir.
- ¿Salir?
- Despertar. Pero es tal la sensación de estar preso que no pienso en despertar, sino en escapar. ¿Qué hace?
La mujer levanta el lápiz del papel.
- Tomo notas. ¿Le molesta?
- No. - Y tras una pausa: - ¿Seguro que está haciendo eso?
- Seguro. Aunque, si le molesta, puedo dejar de hacerlo.
- No. Si es eso lo que hace no me molesta.
- Bueno... Estaba diciendo que cuando se percata de que está soñando no piensa en despertar, sino en escapar.
- Exacto. Verá. La cosa sucede tal que así. Estoy soñando tranquilamente. Quizá caigo sentado en una silla de ruedas desde una avioneta y veo pasar debajo de mí y a toda velocidad los continentes, mientras una ligera brisa remueve mi cabello y pienso que no me importa acabar de un batacazo en el océano dado que volar es simplemente maravilloso. O quizá...
(Fin del fragmento)
LOS OJOS DEL POZO
(Fragmento) La conversación con la doctora Salas me ha dejado confuso, pero la lectura de esta libreta me ha turbado. Comparto con ella la teoría del suicidio. Ambos conocíamos a Mario Peralta desde hacía años, y no nos pasó desapercibido su carácter depresivo.
El pozo tiene solo tres metros cúbicos. En un primer momento pensamos en algún tipo de ácido. Yo lo seguía pensando hasta la conversación de esta tarde. Es evidente que el análisis de los restos de Peralta y del agua (si es que podemos hablar de ello por separado), resolverá las incógnitas. Pero hasta entonces admito que el misterio de esta muerte en particular ha disparado mi imaginación. Es más, si ahora mismo tuviera los resultados sobre mi mesa, en un sobre lacrado, creo que los dejaría ahí hasta mañana. Esta noche prefiero dejar sitio a lo inexplicable. Es una forma más de sentir que estoy vivo.
Mi vida es como un álbum de fotos en blanco y negro, con más páginas de las que me gustaría, y donde todas las fotos se parecen demasiado entre sí para despertar ningún interés. Y este caso es como una instantánea a todo color en el interior de una pirámide.
Peralta dejó una libreta con anotaciones. La tengo aquí, de su puño y letra. Debería estar en manos de la policía. La doctora me pidió que utilizara guantes. Así podrá devolverla a su sitio dentro de unos días sin que se note nuestra pequeña intromisión. Ha decidido no entregarla de momento. Quiere esperar a los resultados.
Si se confirma que Peralta utilizó algún tipo de ácido, un producto químico con su nombre y procedencia...
(Fin del fragmento)
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Esta recopilación incluye tres relatos.
ALEXA
(Fragmento) Alexa lo miró, sorprendida. ¿Cómo iba a tener semejante número? Miró de reojo al Maestro, esperando una reacción parecida, pero Curio no se mostró extrañado.
- Bien, Samuel. No pasa nada. Ambos son Cadetes de Quinto Orden. No lo olviden. Aunque usted no creo que pueda, con tanto cinco.
- No, señor.
- Por favor, no me llame señor. Sólo Curio. ¿Queda claro?
- Sí, señor.
- En fin… Empecemos. Presten atención. No soy el típico profesor que suelta un sermón y espera que graben en el nodo lingüístico cada palabra que diga. Vamos a tener una conversación, así que espero participación de su parte siempre. Les pido que no levanten la mano para hablar. Quiero que me interrumpan cuando lo deseen y formulen preguntas o aporten su punto de vista cuando se les antoje. Espero que les quede más claro que lo de… señor.
- Sí, señor.
- El Precepto de no Intromisión nos obliga a no interferir en el desarrollo natural de otras formas de vida. Es una ley universal, lo que significa que hay que cumplirla tanto en la Tierra como en el resto de planetas a los que tenemos acceso, los que están en fase de exploración y los que exploremos el día de mañana.
- En la Tierra no se cumple -dijo Alexa.
- Se cumplirá. De todas formas es mucho más preocupante lo que hagamos fuera de casa, ¿no les parece? La Tierra, a fin de cuentas, podríamos decir que es nuestra, pero en la casa del vecino… Verán. Les voy a exponer un ejemplo claro de por qué es necesario cumplir este Precepto. Hace unos años mi padre salió en una misión de exploración al planeta X367. La raza predominante en aquel planeta era humanoide. Eran casi exactos a nosotros. Pero la gravedad y atmósfera del planeta eran tan distintas que costaba imaginar la razón del parecido físico. La teoría de los Criaderos explicaba que en nuestra galaxia hubiera más de un planeta con formas de vida humanoide, pero, hasta la fecha, todos respiraban oxígeno.
- ¿Qué es la teoría de los Criaderos? -quiso saber Alexa.
- ¿No lo sabe?
(Fin del fragmento)
LOS GATOS PUEDEN SER MUY PERSUASIVOS
(Fragmento) - Pero es que se vaaaaaaaaaaaaaaaaaaan –y rompió a llorar desconsolada, porque delante de su amiga seguía estando igual de acostumbrada a que la abandonasen, pero se daba más pena.
- Tranquila, que yo me ocuparé de que no estés sola.
Dicho y hecho. Al día siguiente le regaló una gatita, a la que bautizaron como Edna.
Pasaron algunos meses y un día Leo llamó a Tania.
- Tani, a que no sabes lo que han anunciado en la Teletienda.
- Sorpréndeme.
- Un traductor de mininos. Es nuevo, pero he leído que funcionan muy bien.
- No necesito un traductor para entender a Edna. Es un bicho bastante simple.
- ¿Seguro? ¿No quieres que lo pida?
- No.
Aun así, y como se acercaba el cumpleaños de su amiga, Leo lo compró.
Y así fue como Tania empezó a entender a su gata.
- Leo, qué curioso este trasto.
- ¿Te gusta? Ya te dije que funcionaban que da gusto.
- Lo he instalado en el salón, pero es tan fino que capta a la gata esté donde esté, aunque se haya escondido en el armario de la habitación, y lo he configurado para que la voz de Edna sea suave, juvenil y muy femenina. Si Edna pudiese hablar, tendría esa voz.
- Tani, Edna puede hablar. Acostúmbrate. A partir de ahora, esa es su voz.
Los problemas llegaron cuando Tania empezó a darse cuenta del tipo de animal que tenía en casa.
(Fin del fragmento)
AYER PROVOQUÉ EL FIN DEL MUNDO
(Fragmento) No siempre se necesitan guerras, armas nucleares, epidemias mundiales o meteoros gigantescos para acabar con la humanidad. En mi caso ha bastado con un sueño, una libreta y un rollito de esparadrapo que al final ni conseguí comprar.
Mis referencias culturales sobre el viaje en el tiempo eran escasas. Alguna novela, algún capítulo de Star Trek y un par de películas. Sin embargo, conozco el tema de primera mano, y sospecho que no debo ser el único.
Los sueños, puertas hacia el futuro. Lo complicado...
(Fin del fragmento)
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El mundo de Maud y Agrippa. Libro Primero: Emergiendo del olvido
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Consíguelo gratis hasta el LUNES 12 DE AGOSTO incluido.
LIBRO PRIMERO: Emergiendo del olvido
Capítulo I: El zumbido
Maud se despertó en mitad de la noche. Ahí estaba otra vez. El zumbido. Aquel persistente e inexplicable zumbido. Pero hoy más fuerte que otras veces.
Ni se le ocurrió despertar a su padre. Ya lo había hecho una de las primeras veces y el resultado había sido desalentador. Dean no podía oírlo. Decía que eran imaginaciones suyas.
Pero no lo eran. Maud no se lo imaginaba. De acuerdo, era extraño que los adultos no pudieran oírlo. Pero era real. Quizá estuviera siendo emitido en frecuencias de intensidad infantil. O algo así.
De todas formas Maud tenía trece años y cumplía los catorce en dos días. Ya no era tan niña. Quizá fuera un sonido de intensidad adolescente.
Abrió el primer cajón de su escritorio y sacó la linterna. Si se daba prisa quizá consiguiera localizar el origen del zumbido antes de que se desvaneciera en la noche.
Bajó las escaleras con sigilo. Los escalones crujieron bajo sus pies. Aquel sonido, afortunadamente, no bastó para despertar a su padre, que dormía en la única habitación del piso de abajo.
Maud aguzó el oído. El zumbido persistía.
Al pasar junto a la puerta de la cocina vio su propio reflejo en el cristal. Con el pelo rubio enmarañado, el camisón blanco, los brazos huesudos y la piel pálida Maud parecía un fantasma. Era, además, demasiado alta para su edad, mas no le desagradaba su aspecto.
Salió al jardín y cerró la puerta a su espalda. Examinó los árboles, seis a cada lado dibujando el camino hacia la calle, mágicamente iluminados por la luz de la luna llena. Al principio había barajado la posibilidad de que aquel molesto zumbido que no la dejaba dormir fuese producto del ajetreo de algún tipo de insecto nocturno. Cuando se aproximaba a los árboles el zumbido se detenía y ya no volvía a escucharse hasta la noche siguiente, lo que en principio parecía apoyar esa teoría.
Pero una noche el zumbido no se había desvanecido, desbaratando la teoría, y Maud había pasado de largo los árboles y aún persistía, y parecía venir de más allá, de la casa de enfrente. De la casa del loco.
Maud lo había dejado correr entonces. No le había gustado la idea de aventurarse hasta allí de madrugada. Pero aquel misterio estaba empezando a resultar molesto, y esta noche Maud estaba resuelta a ir hasta donde hiciera falta para resolverlo. Incluso a la casa del loco.
Al llegar al extremo sur del jardín, y aunque su prioridad era descubrir qué diantre producía aquel sonido, no pudo evitar agacharse para arrancar una zanorria del pequeño huerto. Le dio un mordisco nada más arrancarla, aunque estuviese llena de tierra.
Cruzó la calle mientras masticaba. Allí el zumbido empezaba a notarse también en los huesos.
La casa de enfrente y la suya eran gemelas. En toda la calle las casas se correspondían a pares, con los jardines enfrentados. El jardín de la casa del loco era una copia exacta del de su casa.
El zumbido tampoco provenía de allí.
- Hola, Maud -saludó la voz de un muchacho desde la oscuridad.
Maud nunca había visto a sus vecinos. Tenía prohibido acercarse a aquella casa.
El chico emergió de la oscuridad. También mascaba una zanorria recién arrancada. Era bastante más bajo que ella, pero quizá tuviera un año más. Su pelo oscuro y lacio le caía sobre los ojos y le tapaba las orejas. El tono moreno de su piel lo hacía contrastar con ella, pálida como la luna.
- ¿Quién eres? -le preguntó Maud, sorprendida de que el loco tuviera parientes.
- Soy Agrippa, pero tú ya me conoces.
- ¿Te conozco? Creo que no te conozco.
- Me conoces aunque no te acuerdes.
- ¿De qué te conozco?
- Hay una cueva al norte, antes de la bruma. La pintamos juntos con bisontes.
Maud lo miró con creciente interés. Le gustaban las pinturas rupestres. Decorar una cueva con bisontes era una de las cosas que se le ocurrirían a ella.
- ¿Vives con el loco? -preguntó Maud, a bocajarro. - ¿Es tu abuelo?
- Vivo solo -contestó Agrippa.
- Un chico de tu edad no puede vivir solo.
...
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Capítulo I: El zumbido
Maud se despertó en mitad de la noche. Ahí estaba otra vez. El zumbido. Aquel persistente e inexplicable zumbido. Pero hoy más fuerte que otras veces.
Ni se le ocurrió despertar a su padre. Ya lo había hecho una de las primeras veces y el resultado había sido desalentador. Dean no podía oírlo. Decía que eran imaginaciones suyas.
Pero no lo eran. Maud no se lo imaginaba. De acuerdo, era extraño que los adultos no pudieran oírlo. Pero era real. Quizá estuviera siendo emitido en frecuencias de intensidad infantil. O algo así.
De todas formas Maud tenía trece años y cumplía los catorce en dos días. Ya no era tan niña. Quizá fuera un sonido de intensidad adolescente.
Abrió el primer cajón de su escritorio y sacó la linterna. Si se daba prisa quizá consiguiera localizar el origen del zumbido antes de que se desvaneciera en la noche.
Bajó las escaleras con sigilo. Los escalones crujieron bajo sus pies. Aquel sonido, afortunadamente, no bastó para despertar a su padre, que dormía en la única habitación del piso de abajo.
Maud aguzó el oído. El zumbido persistía.
Al pasar junto a la puerta de la cocina vio su propio reflejo en el cristal. Con el pelo rubio enmarañado, el camisón blanco, los brazos huesudos y la piel pálida Maud parecía un fantasma. Era, además, demasiado alta para su edad, mas no le desagradaba su aspecto.
Salió al jardín y cerró la puerta a su espalda. Examinó los árboles, seis a cada lado dibujando el camino hacia la calle, mágicamente iluminados por la luz de la luna llena. Al principio había barajado la posibilidad de que aquel molesto zumbido que no la dejaba dormir fuese producto del ajetreo de algún tipo de insecto nocturno. Cuando se aproximaba a los árboles el zumbido se detenía y ya no volvía a escucharse hasta la noche siguiente, lo que en principio parecía apoyar esa teoría.
Pero una noche el zumbido no se había desvanecido, desbaratando la teoría, y Maud había pasado de largo los árboles y aún persistía, y parecía venir de más allá, de la casa de enfrente. De la casa del loco.
Maud lo había dejado correr entonces. No le había gustado la idea de aventurarse hasta allí de madrugada. Pero aquel misterio estaba empezando a resultar molesto, y esta noche Maud estaba resuelta a ir hasta donde hiciera falta para resolverlo. Incluso a la casa del loco.
Al llegar al extremo sur del jardín, y aunque su prioridad era descubrir qué diantre producía aquel sonido, no pudo evitar agacharse para arrancar una zanorria del pequeño huerto. Le dio un mordisco nada más arrancarla, aunque estuviese llena de tierra.
Cruzó la calle mientras masticaba. Allí el zumbido empezaba a notarse también en los huesos.
La casa de enfrente y la suya eran gemelas. En toda la calle las casas se correspondían a pares, con los jardines enfrentados. El jardín de la casa del loco era una copia exacta del de su casa.
El zumbido tampoco provenía de allí.
- Hola, Maud -saludó la voz de un muchacho desde la oscuridad.
Maud nunca había visto a sus vecinos. Tenía prohibido acercarse a aquella casa.
El chico emergió de la oscuridad. También mascaba una zanorria recién arrancada. Era bastante más bajo que ella, pero quizá tuviera un año más. Su pelo oscuro y lacio le caía sobre los ojos y le tapaba las orejas. El tono moreno de su piel lo hacía contrastar con ella, pálida como la luna.
- ¿Quién eres? -le preguntó Maud, sorprendida de que el loco tuviera parientes.
- Soy Agrippa, pero tú ya me conoces.
- ¿Te conozco? Creo que no te conozco.
- Me conoces aunque no te acuerdes.
- ¿De qué te conozco?
- Hay una cueva al norte, antes de la bruma. La pintamos juntos con bisontes.
Maud lo miró con creciente interés. Le gustaban las pinturas rupestres. Decorar una cueva con bisontes era una de las cosas que se le ocurrirían a ella.
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Aprende Inglés de una buena vez
Nuevo blog de la casa, Aprende inglés de una buena vez
1. Busca un buen método por internet. A nosotros nos ha ido muy bien el método Assimil. Encuentra el que te va bien a ti.
2. Practica algo todos los días. Suelen decir que dos horas diarias. Nosotros creemos que es exagerado. Pero lo importante es que, aunque sea media hora (o diez minutos), lo practiques todos los días.
3. Haz amigos en bares British, a ser posible hazte amigo de los dueños. No hay nada mejor para aprender un idioma que conversar con un amigo un viernes por la noche. El alcohol ayuda.
4. Échate pareja o rollo inglés. O algún amigo vía chat o skype en su defecto.
5. Piensa en inglés. Cuando digas algo en castellano pregúntate como dirías lo mismo en inglés. Al principio te costará horrores. Dirás cualquier parida y luego pensarás durante quince minutos cómo te las apañarías para decir la misma parida en inglés. Durante algunas semanas pensarán que tienes alzheimer pero esto, si no acaba contigo, conseguirá que te tomes el aprendizaje mucho más en serio y que quieras avanzar rápidamente porque te sentirás como cuando tenías dos años y pensabas como un adulto pero no podías hablar como ellos.
6. Aprende a dar rodeos. Pocas veces las estructuras castellana e inglesa coinciden así que no traduzcas nunca de forma literal. Eso no significa que no puedas hablar hasta que tengas un mínimo dominio de las frases hechas. Tienes que intentar ser creativo. Cuando te falle un verbo utiliza otro más sencillo, cuando sepas que estás utilizando una frase hecha que si la traduces palabra por palabra no va a tener ningún sentido para un inglés intenta hablar como si fueras una computadora, siempre hay una manera básica a lo indio de decir las cosas claras y concisas sin florituras, entendibles en cualquier idioma. No uses "irse al sobre" o "planchar la oreja", sino "ir a la cama", o "ir a dormir". Ya aprenderás más adelante como dicen los jugadores de baloncesto de Chicago las cosas que solo Dios sabe les guste hacer. Y no pretendas hablar en inglés desde el primer día como cuando das una conferencia o hablas sobre la play o el iPad a tus amigos.
7. Lánzate a hablar desde el primer día, busca a turistas en apuros y ayúdales en inglés. Si no te parten la cara, vas bien.
8. Lee en inglés. A los lectores de ebooks (como kindle) se les puede añadir diccionarios. Cada vez que te tropieces con una palabra desconocida será cuestión de un segundo ver su traducción en el kindle. Se acabó tener que pasar horas buscando palabras en los diccionarios tradicionales. Alguna cosa buena tenía que traer la tecnología.
9. Lo de siempre. Tienes que ver películas y series en original. Te dirán que debes verlas en inglés con subtítulos en inglés. No te lo recomiendo. Si estás empezando con el inglés no te enterarás de nada y acabarás más perdido que un gato en un matadero. Está muy bien que intentes entender el inglés que no sabes por el contexto, pero eso puedes hacerlo cuando ya tienes un dominio.
10. Si estás empezando ve sobre seguro, con las traducciones en castellano cerca. No se trata de que aprendas un idioma como cuando eras un bebé, ya tienes un idioma (o varios) en tu disco duro. Aprovéchate de que ya hablas para sumar un nuevo idioma a tu disco. Es decir, casi todo lo que puedes decir en inglés hay una forma de decirlo en castellano y viceversa. Nadie te pide que inventes un nuevo idioma. Cuando vayas avanzando te darás cuenta de que aprender inglés en realidad es sencillo, es automatizar una nueva manera de decir cada cosa. El aprendizaje por repetición, tan denostado hoy en día, es el mejor camino para aprender un idioma. Por eso siempre recomendamos el método assimil, porque te presentan cosas nuevas cada día y tú sigues adelante. Solo te piden intentar aprenderlas de forma consciente pasadas 50 lecciones, cuando en realidad a base de verlas aparecer una y otra vez ya las has asimilado, integrado y todos los demás verbos que sirven para decir que te has hecho con algo. Nuestro cerebro es muy listo y aprende él solito sin ningún esfuerzo. Aprovéchate de eso.
11. Aprendiendo idiomas te darás cuenta de que todos los seres humanos tenemos un humor parecido, decimos las mismas tonterías, queremos y odiamos por igual. Empezarás a ver al extranjero como a un hermano algo feo pero no tan distinto (qué tontería). En realidad el pánico se pasa pronto. Métete de cabeza y sin miedo y pronto estarás nadando en las tranquilas y transparentes aguas del inglés.
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